Esta cárcel mantenía sus puertas abiertas. Rodeada por un rio de aguas relativamente claras.
No era una cárcel común, dentro, ocultaba visiblemente (a algunos ojos) Noches macabras y maravillosas, bares, bailes. Mientras que estando en su interior, se sentía libertad, felicidad, y sobre todo, ganas de ser de esta cárcel, huésped eterno. Estéticamente su interior no era llamativo, dado que mayormente se vivía de noche, y la vida que adentro se llevaba no daba lugar a apreciar estos detalles. Esas ganas de quedarse por siempre, eran una de las principales razones por las cuales (dado que sus puertas estaban abiertas) era muy difícil abandonarla.
Dentro, las conversaciones eran interesantes, fluidas y serias, como así largas.
Existía un alto grado de violencia (como en todas las cárceles y sus exteriores)
Adentro se vivía muy bien, buenos vinos, largas noches, enriquecidas charlas, mucha energía para realizar las tareas que se debían hacer, pero tenía un gran defecto, el envejecimiento de las personas se aceleraba notablemente y no solo el físico, si no el envejecimiento en su totalidad, pérdida de memoria, desgano, intolerancia y hasta en varios casos golpeaba fuertemente a la inteligencia.
Conocí en ella gente muy avejentada y con tan solo treinta años de edad.
Tiene la particularidad de hacer sentir muy bien a uno dentro de ella, pero por otro lado, uno se desmejora mucho, con gran rapidez.
Estas cárceles tan seductoras se encuentran en cada esquina de todas las ciudades del mundo, desbordadas de huéspedes.
La gran mayoría de estos huéspedes, olvidan el camino a la puerta y no logran salir. Otros con gran decisión y búsqueda la encuentran y logran salir (estos son la gran minoría) pero salen totalmente distintos, luchando por conseguir su absoluta libertad, avejentados.
Y están los que en su interior viven en una controversial libertad por siempre.
Simón Rothstein